Hoy te vi caminando a varias cuadras de distancia. Estábamos caminando al mismo ritmo e íbamos a cruzarnos en unos minutos. Horas. Días. No vi mi si venían carros. Ni la hora, ni a los lados, ni a mí misma. Caminaba hacia ti y tú caminabas hacia mí.
Pensé tanto.
Tanto.
Lo único que me guiaban eran tus ojos. Tu mirada clavada en la mía me hacían sentir que pisaba nubes sin zapatos. Salió el sol, una luz naranja terrible hacía que te veas mejor que nunca. Te salieron alas. Yo flotaba y tú volabas.
Estamos cada vez más cerca y me pregunto tantas cosas.
Me pregunto.
¿Te abrazo? ¿Por qué me siento tan feliz? ¿Por qué sonríes de vuelta? ¿Por qué me da tanta risa? ¿Me estás mirando a mí? ¿Es por mí? ¿Tienes apuro? ¿Me está bajando la presión? ¿Cuánto va a durar esto? ¿Falta mucho? ¿Cómo va a ser? ¿Vas a seguir sonriendo? ¿Te estás burlando de mí? ¿Me vas a saludar? ¿Tengo ganas de hablarte? ¿Por qué no te mando a la puta mierda? ¿Te mereces estas manos frías en tu cuello? ¿Seguimos libres así?
Mis pies se hunden en la arena y no sé por qué estoy llorando. Tantos kilómetros me están obligando a pensar demasiado. Mi miopía está curada cuando se cruza con tus lentes sin medida.
Sólo me queda clara una cosa.
Quiero darte un beso que dure hasta que nos volvamos a encontrar.
miércoles, 2 de mayo de 2018
viernes, 6 de abril de 2018
En mi balcón, viajera
Claro, qué tanto puede decir una escritora de medio pelo. Si hasta hoy es difícil leer porque las páginas huelen a café y cigarros. El problema es que no hay historia por mi ceguera autoinflingida.
Qué injusta fui contigo. Qué traviesos fuimos al decidir que no queríamos pensar en las distancias. ¿Cuántas veces crucé la frontera? ¿Te acuerdas? En algún momento dejé de contar.
Una escritora de medio pelo tiene mucho por decir sin encontrar la forma adecuada para hacerlo. Eso la hace una mala escritora, justamente. Cuánto disfrute, cuánta angustia cada vez que bajaba las escaleras y estaba en un nuevo lugar. Y estaba lloviendo y yo con mi maleta en la mano y el pasaporte en el orto para que no me lo roben. "Que te roben todo, pero el pasaporte en el calzón" me dice mi mamá cada vez que no encuentro mi pasaporte, que siempre sé donde está salvo que esté en mi cuarto. Todavía piensa que no puedo cuidar mis cosas. No la culpo. No todas las niñas se olvidan la mochila en el colegio.
En ese momento también era difícil leer, no era interesante. Por el contrario, te hacía aburrida. Sumémosle la música clásica. Más aburrido todavía. Era mejor cuando comenzaba a sacar "El Pirulino" para violín y orquesta. Qué cague de risa. Qué vergüenza. Creo que "Tabaco y Chanel" era peor. Sí, definitivamente de eso no me quiero olvidar nunca por lo horrible que fue en su momento. Qué gracioso como cosas tan inútiles para la vida fueron tan determinantes según el año de nacimiento.
Iba yo de lugar a lugar con un celular sin señal y con el pasaporte en el calzón. Gracias al universo que nunca se me perdió. Gracias al universo que las latas de atún pasaron dentro de la maleta, aunque ni siquiera las comí. Las manzanas chilenas son lo mejor de Chile, lo más barato para un vegetariano y lo que te mantiene con vida sin presupuesto. Me gasté unos varios pesos en un cuarzo rosa para que me de suerte en el amor, que se me cayó al instante. Debe seguir por allá, por la calle Monjitas. En ese momento también era difícil leer, porque tenía que elegir entre comer o comprarme un libro. Creo que no hay competencia para Violeta Parra.
La lluvia me complica la lectura. Las páginas se mojan y se pegan una con la otra. El olor del libro cambia. Huele a ti. Hueles a lluvia, no me había dado cuenta, no sé si sabes. Fumar y leer bajo la lluvia es una tarea hecha para valientes. Por supuesto que lo conseguí, un resfrío también. Los labios partidos. Un poco de sangre. No me di cuenta y tenía una moneda en la boca, el sabor del metal no tiene comparación. No estoy acostumbrada a tener la piel tan seca por tanto tiempo, más aún si estoy empapada. Qué contradicción tan bonita.
Me di cuenta en todo ese tiempo que el silencio alimenta mi insomnio, y que tu eras puro ruido. Tus gritos me arrullan y tu compañía es lo suficientemente incómoda para sentirme a gusto. Pero qué tanto puede decirte una escritora de medio pelo que no encuentra la posición exacta para leer. Boca abajo me duele el cuello, boca arriba se me adormecen las manos, sentada me muevo cada dos minutos y sobre tu pecho me da calor. No me gusta que me toquen tanto. Cómo va a poder escribir la escritora si lo último que ha leído es su horóscopo (y el tuyo, sólo porque tenía tiempo libre). Quise leer si nuestros signos eran compatibles, pero se colgó la computadora, siempre se cuelga, desde que intenté instalar una actualización de no sé qué para no sé cuántos que seguramente tú sí sabes para qué sirve. Yo lo hice porque ni leí bien qué era. Yo acepto, nomás. Debería emplear más de eso, de aceptar. Aceptarme. Aceptarnos. Ya me olvidé si es con "h" o con "s" o con las dos. No uso mucho esa palabra, me suena rara. Se ve complicada. No me gusta.
Pero qué tanto puede decir una escritora que no lee más que su horóscopo y el tuyo. Algún mail importante, pero casi todos son spam, sumamente impersonales. Parecidos a los horóscopos pero sin referencia a una fecha, siquiera. Qué difícil se me hace leer hasta el correo no deseado.
Cuánta tranquilidad. Cuánto silencio. Qué difícil es la lectura si los libros saben a ti.
Qué injusta fui contigo. Qué traviesos fuimos al decidir que no queríamos pensar en las distancias. ¿Cuántas veces crucé la frontera? ¿Te acuerdas? En algún momento dejé de contar.
Una escritora de medio pelo tiene mucho por decir sin encontrar la forma adecuada para hacerlo. Eso la hace una mala escritora, justamente. Cuánto disfrute, cuánta angustia cada vez que bajaba las escaleras y estaba en un nuevo lugar. Y estaba lloviendo y yo con mi maleta en la mano y el pasaporte en el orto para que no me lo roben. "Que te roben todo, pero el pasaporte en el calzón" me dice mi mamá cada vez que no encuentro mi pasaporte, que siempre sé donde está salvo que esté en mi cuarto. Todavía piensa que no puedo cuidar mis cosas. No la culpo. No todas las niñas se olvidan la mochila en el colegio.
En ese momento también era difícil leer, no era interesante. Por el contrario, te hacía aburrida. Sumémosle la música clásica. Más aburrido todavía. Era mejor cuando comenzaba a sacar "El Pirulino" para violín y orquesta. Qué cague de risa. Qué vergüenza. Creo que "Tabaco y Chanel" era peor. Sí, definitivamente de eso no me quiero olvidar nunca por lo horrible que fue en su momento. Qué gracioso como cosas tan inútiles para la vida fueron tan determinantes según el año de nacimiento.
Iba yo de lugar a lugar con un celular sin señal y con el pasaporte en el calzón. Gracias al universo que nunca se me perdió. Gracias al universo que las latas de atún pasaron dentro de la maleta, aunque ni siquiera las comí. Las manzanas chilenas son lo mejor de Chile, lo más barato para un vegetariano y lo que te mantiene con vida sin presupuesto. Me gasté unos varios pesos en un cuarzo rosa para que me de suerte en el amor, que se me cayó al instante. Debe seguir por allá, por la calle Monjitas. En ese momento también era difícil leer, porque tenía que elegir entre comer o comprarme un libro. Creo que no hay competencia para Violeta Parra.
La lluvia me complica la lectura. Las páginas se mojan y se pegan una con la otra. El olor del libro cambia. Huele a ti. Hueles a lluvia, no me había dado cuenta, no sé si sabes. Fumar y leer bajo la lluvia es una tarea hecha para valientes. Por supuesto que lo conseguí, un resfrío también. Los labios partidos. Un poco de sangre. No me di cuenta y tenía una moneda en la boca, el sabor del metal no tiene comparación. No estoy acostumbrada a tener la piel tan seca por tanto tiempo, más aún si estoy empapada. Qué contradicción tan bonita.
Me di cuenta en todo ese tiempo que el silencio alimenta mi insomnio, y que tu eras puro ruido. Tus gritos me arrullan y tu compañía es lo suficientemente incómoda para sentirme a gusto. Pero qué tanto puede decirte una escritora de medio pelo que no encuentra la posición exacta para leer. Boca abajo me duele el cuello, boca arriba se me adormecen las manos, sentada me muevo cada dos minutos y sobre tu pecho me da calor. No me gusta que me toquen tanto. Cómo va a poder escribir la escritora si lo último que ha leído es su horóscopo (y el tuyo, sólo porque tenía tiempo libre). Quise leer si nuestros signos eran compatibles, pero se colgó la computadora, siempre se cuelga, desde que intenté instalar una actualización de no sé qué para no sé cuántos que seguramente tú sí sabes para qué sirve. Yo lo hice porque ni leí bien qué era. Yo acepto, nomás. Debería emplear más de eso, de aceptar. Aceptarme. Aceptarnos. Ya me olvidé si es con "h" o con "s" o con las dos. No uso mucho esa palabra, me suena rara. Se ve complicada. No me gusta.
Pero qué tanto puede decir una escritora que no lee más que su horóscopo y el tuyo. Algún mail importante, pero casi todos son spam, sumamente impersonales. Parecidos a los horóscopos pero sin referencia a una fecha, siquiera. Qué difícil se me hace leer hasta el correo no deseado.
Cuánta tranquilidad. Cuánto silencio. Qué difícil es la lectura si los libros saben a ti.
lunes, 26 de marzo de 2018
Toc Toc
El aire la movía en una danza interminable. Un vaivén. Solo iba bailando sin ritmo. A veces se quedaba quieta, otras veces la abría un viento fortíssimo. Al final siempre se detenía, perfectamente en el medio, con movimientos casi imperceptibles. Era como si tuviese vida propia. De hecho, la tenía. Se la ganó.
Alguna vez la miré y pensé que había que ponerle algo que la cierre, de una vez por todas. Y cuando estuve a punto de hacerlo, me daba miedo. Se abría un poquito y mi respiración se detenía esperando oír algo. Por última vez, aunque sea. Me temblaban las manos y daba un paso hacia atrás, arrepentida de haber pensado en ponerle fin al movimiento. Qué injusto. A ese ruido tanto armónico como angustiante. A dejar de ver lo que estaba del otro lado.
Hubo muchas veces que fueron la última. Puse el pié para que deje de bailar. Para que deje de señalarme, porque así es mejor. Y de pronto la tranquilidad del silencio también se convirtió en música. Y sentí que del otro lado también disfrutaban de esa canción. Y quitamos los pies al mismo tiempo. Y nos dedicamos a ver el movimiento. Esta coreografía que tanto disfrutábamos que no nos llevaba a ninguna parte.
No quise mirar, sólo metí los dedos, luego la mano y comencé a acercar mis ojos. Todavía no sabía si me atrevería, pero mis manos se sentían tan bien. Estaban bailando la coreografía del silencio y yo quería ver quién estaba marcando el tempo. Moderato comencé a tomar la decisión. Andante, que quizás estás tomando la decisión incorrecta. Presto, antes que te arrepientas, tus manos sienten el pulso del allegro y no tienes nada que perder. Golpéala. Ábrela. Allegro prestissimo con fuoco, mientras empujaba con todas mis fuerzas.
Y miré.
Rallentando. No había nadie. La música había dejado de sonar, el intérprete había corrido a piacere. Yo tenía tanto que cantar. Entré forte y comencé a retroceder piano, pianíssimo. Morendo terminé en el lugar en el que comencé, mientras la veía cerrarse.
Y siguió bailando en silencio. Perfectamente en el medio.
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Cartas,
Meditando en el balcón
viernes, 16 de junio de 2017
Como quieras
Quiero querer a alguien que
no me quiera
regalar rosas
Quiero querer a alguien que
no me quiera
golpear con palabras
Quiero querer a alguien que
no me quiera
cambiar alguna ideología
Quiero querer a alguien que
no me quiera
besar todo el tiempo
Quiero querer a alguien que
no me quiera
tomar de la mano
Quiero querer a alguien que
no me quiera
sólo para él
Quiero querer a alguien que
no me quiera
en serie
¿De verdad quieres regalarme rosas? ¿Y si lo mezclamos con otro cliché? Si ves un poco más allá, no sólo hay un par de tetas y una actitud sumisa. ¿Perdón? Creo que eso es lo que quieres que sea, golpeándome con palabras, esculpiéndome para cambiar ideologías y transformarme a tu merced. Besa esa imagen que has creado todo el tiempo que quieras. Toma de la mano esa idea y paséala por el malecón de Miraflores. Sólo para ti. Cualquiera que mire tu escultura va a convertirse en piedra. Lo lograste, soy una muñeca. Tengo un número de serie tatuado en el culo. Gracias por hacerme perder la razón. El por qué. El quién soy. Siéntete orgulloso, esto es lo que lograste con tanto amor.
Quiero querer a alguien que
no me quiera.
no me quiera
regalar rosas
Quiero querer a alguien que
no me quiera
golpear con palabras
Quiero querer a alguien que
no me quiera
cambiar alguna ideología
Quiero querer a alguien que
no me quiera
besar todo el tiempo
Quiero querer a alguien que
no me quiera
tomar de la mano
Quiero querer a alguien que
no me quiera
sólo para él
Quiero querer a alguien que
no me quiera
en serie
¿De verdad quieres regalarme rosas? ¿Y si lo mezclamos con otro cliché? Si ves un poco más allá, no sólo hay un par de tetas y una actitud sumisa. ¿Perdón? Creo que eso es lo que quieres que sea, golpeándome con palabras, esculpiéndome para cambiar ideologías y transformarme a tu merced. Besa esa imagen que has creado todo el tiempo que quieras. Toma de la mano esa idea y paséala por el malecón de Miraflores. Sólo para ti. Cualquiera que mire tu escultura va a convertirse en piedra. Lo lograste, soy una muñeca. Tengo un número de serie tatuado en el culo. Gracias por hacerme perder la razón. El por qué. El quién soy. Siéntete orgulloso, esto es lo que lograste con tanto amor.
Quiero querer a alguien que
no me quiera.
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Al lado de mi almohada,
Pequeño libro de poemas
lunes, 20 de marzo de 2017
En mi balcón, tormenta
Hoy está lloviendo. Lo veo por el balcón, pero las gotas que
veo en mis manos no le pertenecen a la lluvia. Tampoco son fruto de este calor
anómalo. Sin embargo, toco mi rostro con los dedos y me doy cuenta enseguida
que lo que caía en mis manos, en mis pies, en mi ropa y en el suelo eran
lágrimas silenciosas. Cavaron su propio caudal a través de mi piel, golpearon
mis brazos, salpicaron en el piso de madera. Crearon un charco grande a mi
alrededor. Y yo quiero parar, pero no puedo. Yo pensaba que estaba lloviendo.
La mancha grisácea que me rodea se sigue agrandando, mi
vestido está empapado. Las lágrimas ya no salen sólo de mis ojos, sino también
por mis dientes, mis dedos, mi pelo. Comienzo a atorarme con tanto líquido. La
desesperación hace que intente tapar las fugas, pero es en vano. Mi alma está
llorando. Mis pies están mojados. Mis pantorrillas, mis rodillas, mi cadera.
Todo mi cuerpo. Me estoy asfixiando.
Ya no puedo ver más, todo está distorsionado por el agua que
brota de mis ojos. ¿O quizás así es el mundo y la que lo transgredía era yo
misma? Cómo es, pienso, cómo era todo cuando era normal, mientras me ahogo.
Cómo era.
Ya no puedo respirar.
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Al lado de mi almohada,
Meditando en el balcón
lunes, 11 de julio de 2016
¿Dónde estoy?
Hace poco alguien muy cercano me dijo que me enfoque en lo que quería hacer. A los 15, me pidieron que me imaginara cómo iba a ser mi vida en 10 años. A los 25 les digo que nada es tan diferente, que sigo siendo tan frágil, vulnerable y caritativa como siempre. Nada ha cambiado tanto. Siguen molestándome las faltas ortográficas, teniéndole envidia a las personas que se quieren, huyo aún de las piscinas y los estornudos y sigo buscando mi lugar en este mundo. Eso sí, he reconocido ciertas capacidades que me diferencian al resto y que no sé cómo explicar. Sólo sé que existen y me hacen especial. Particular, como diríamos en teatro. Y qué hermosas son las personas particulares. ¿Por qué no hay más así? ¿Por qué todos son iguales, todos quieren lo mismo? ¿Por qué convivo con ellos? ¿Qué hago aquí?
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